📖 Sus primeros años.....
El óleo más famoso que representa a Sarmiento durante sus primeros años fue pintado por su propia hermana, Procesa Sarmiento, quien capturó su fisonomía infantil vestida al estilo de la época.
En la apacible San Juan de principios del siglo XIX, cuando el aire olía a tierra mojada y los días transcurrían al ritmo tranquilo de las carretas, crecía un niño inquieto, de ojos despiertos y curisidad insaciable: el pequeño Dominguito.
En el humilde barrio del Carrascal, la casa familiar era un hervidero de actividad. Mientras su madre, Doña Paula Albarracín, trabajaba sin descanso bajo la sombra de una gran higuera tejiendo en su telar para sostener el hogar, Dominguito correteaba a su alrededor. Pero a diferencia de otros chicos de su edad, no prefería perderse en travesuras interminables. Su mayor fascinación eran los trazos negros sobre el papel. Aprendió a leer a los cuatro años, una hazaña sorprendente para la época, devorando cada hoja escrita que caía en sus manos con el entusiasmo de quien descubre un tesoro.
Su padre, Don Clemente, y su tío, el cura José Eufrasio Quiroga Sarmiento, notaron de inmediato esa chispa especial. No era raro ver al pequeño Domingo sentado en un rincón de la casa, absorto en historias de tierras lejanas, héroes e ideas de libertad. Los libros eran sus juguetes favoritos y las palabras, sus compañeras de aventura.
A los cinco años ingresó a la Escuela de la Patria. Allí, el niño no solo destacaba por su memoria prodigiosa, sino también por una tenacidad inflexible. Si algo no entendía, no paraba hasta desentrañarlo. Cuentan las crónicas familiares que su pasión por la enseñanza despertó casi al mismo tiempo que su propia formación: siendo apenas un jovencito, con poco más de doce años, ya ayudaba a enseñar a leer a otros niños e incluso a adultos de su comunidad.
Aquella infancia entre el rumor del telar de su madre, el aroma a fruta fresca y el refugio de las páginas impresas no fue solo una época de juegos; fue el crisol donde se templó el carácter del futuro maestro, escritor y presidente argentino. En cada libro leído bajo la higuera sanjuanina, el pequeño Sarmiento ya estaba soñando el país que años más tarde ayudaría a construir.


